martes, 13 de noviembre de 2018

Valeriano Martín González, embutidos

Nacido en Salvatierra de Tormes (Salamanca), en el año 1910.
De pequeño ejerció como pastor en su tierra, donde se hizo novio de Lucila García Martín (nacida en Campillo de Salvatierra en 1911, una pequeña localidad junto a Guijuelo).
En 1930, con 20 años, Valeriano se vino a probar fortuna a Cáceres, subsistiendo al principio como vendedor ambulante.
Valeriano le echó el ojo enseguida a un local que estaba libre en el número 6 de la calle San Pedro. Anteriormente lo había ocupado Francisca de Seda Braviano con una tienda de ultramarinos. Valeriano entendió que era un buen sitio: tenía al lado la droguería de Apolinar Sánchez Fagúndez y en el otro portal de más allá el bar de Antonio Galán, lo que le garantizaba trasiego de gente que pasara por delante de sus escaparates.
Apolinar mantuvo su negocio casi el mismo tiempo que Valeriano el suyo, mientras que el local del bar Galán a principios de los años 50 se lo quedó Antonio López Julián (y luego su hijo Jacinto) con charcutería y quesos.



En 1932 ya tenía montada su tienda de embutidos y afines en el local más próximo a las escaleras de acceso a las plantas superiores del edificio, local ocupado hace unos años por “Galerías Duque” y más recientemente por “Pirámide” (que continúa en el local).



Una vez instalado llamó a su hermano Alfredo, que se vino a Cáceres y entre los dos montaron en 1936 un puesto de venta de chacina en el antiguo Mercado de Abastos, en lo que hoy es el Foro de los Balbos, a la vez que mantenía la tienda en la calle San Pedro.
Pasados unos años del fin de la Guerra Civil, en 1943, Alfredo, el hermano pequeño de Valeriano, se quedó en traspaso con el local donde Florentino García había tenido una papelería (justo por encima de lo que ha sido “Foto Javier” hasta hace poco), y puso allí una salchichería.
Al negocio de zapatería de Alfredo Martín le dedicaré una entrada específica. Solo diré aquí que Alfredo murió muy joven, en 1951, con tan solo 38 años.
Valeriano no se apartó nunca de sus negocios de salchichería y embutidos. Construyó la casa del número 2 de la calle Obispo Segura, el edificio que había a continuación del de Acuario y en ella tuvo su fábrica de embutidos y locales para matanzas industriales. En ella vivió con su familia hasta 1952.
Inquieto por tocar nuevos cauces comerciales probó suerte con las exportaciones de higos, comprando el producto por la zona de Almoharín y se fue al País Vasco en busca de mercados. La experiencia le produjo un grave quebranto económico pues, siendo otros tiempos y careciendo de una infraestructura para el transporte, el producto llegaba a su destino en mal estado.


La experiencia exportadora le hizo perder buena parte del patrimonio que había conseguido con su trabajo. Vendió la casa de Obispo Segura Sáez a su sobrino Alfredo y que ha sido la vivienda familiar hasta su reconstrucción y en la que sigue viviendo parte de la familia.
Valeriano compró (y se fue a vivir allí) la casa número 4 de la calle Pintores, donde había tenido el comercio de ultramarinos Manuel García García primero (desde principios de siglo) y después sus hijos los hermanos García Liberal ( “Los Liberales” les llamaban), y que hacía tiempo que habían cerrado. La casa llega hasta la calle de la Cruz (justo el fondo de saco en que termina la misma), por donde se accedía a la vivienda que tenían en la segunda planta. Allí montó una producción industrial y secadero de embutidos: lomos, chorizos, salchichón, etc…
Hizo obras en la planta baja, en el local comercial que da a Pintores con la intención de montar allí un comercio de sus productos. Cuando lo tenía casi terminado llegó a un acuerdo con Pedro Cabrera Florido, dueño de la pequeña librería que había al final de los Portales, por bajo de la Pastelería Isa, haciendo esquina a La Machacona. Le alquiló el local para que montara allí la tienda que se llamó “Calzados Cabrera”. Eran finales de los años 50.


A lo largo de los 60, Valeriano González prácticamente no atendía ya lo que era la venta directa en el comercio. Se había convertido en algo que, hasta tres decenios después, no se generalizaría en España: franquiciador. Había encontrado una forma de hacer negocio en beneficio propio y ayudando a otros. Así, montaba una tienda, la proveía de artículo y buscaba un colaborador (lo que hoy diríamos “un franquiciado”) para que se pusiera al frente de la tienda. El franquiciado era su propio jefe y únicamente se obligaba a adquirir el producto a Valeriano, que cobraba los márgenes correspondientes.
Había encontrado en los hermanos Giraldo López (Gabriel y Juan) unos excelentes empleados, colaboradores y amigos. Dos personas que pronto se convirtieron en comerciantes de éxito. Gabriel tenía a su cargo la tienda de la calle San Pedro 6 hasta que, sobre el año 1965, cerró el establecimiento de accesorios para el automóvil que Antonio Pla Álvarez tenía en la calle San Antón 6, junto al Gran Teatro, a donde se trasladó. Gabriel Mostazo decidió montarse por su cuenta. La separación fue dolorosa para Valeriano, pero amigable para ambas partes. De hecho Valeriano conservó una estrecha amistad con Gabriel y Juan hasta su muerte. Y aún hoy, cincuenta y tres años después, dicha amistad se mantiene —y muy fuerte— entre Gabriel y Juan y el hijo de Valeriano, José Luis Martín García (que fue director de la Oficina Principal de Caja Extremadura).
La fábrica de embutidos de Pintores 4 (y calle de la Cruz) aún funcionó durante algún tiempo, pero un golpe de mala suerte acabó con ella: se produjo una incidencia sanitaria que se atribuyó a un brote de triquinosis. Se acusó de ello a Valeriano, que se vio sometido a un proceso en los tribunales. Como no existían pruebas que acreditasen de ninguna manera el origen de dicha incidencia sanitaria el asunto concluyó con una sentencia totalmente absolutoria para Valeriano.
Durante todo el tiempo que duró el lamentable asunto solo una voz destacó en Cáceres en defensa de Valeriano: la del periodista Narciso Puig Megías, que defendió su inocencia contra viento y marea.
Concluido todo aquello decidió vender la casa a Teodomiro Aparicio quien, un par de meses después, murió en luctuosas circunstancias.
Valeriano trasladó su domicilio a la calle Moreras (detrás del cine Capitol), donde su hija Domi montó una academia de preparación para oposiciones a Magisterio.
Poco después, Domi quedó en Moreras y él, con su esposa, se fueron a vivir a uno de los pisos de “La Torre de Cáceres”, en la Avda. de Portugal, donde permaneció hasta su muerte, en el año 2002, a los 92 años de edad.
Su esposa, Lucila García, murió tan solo un año después, en el 2003, también con 92 años de edad.