viernes, 8 de mayo de 2015

“A fala”: de Valverde del Fresno a Trevejo


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Organizada por el Club Sederista La Vereina y realizada el sábado 14 de febrero de 2015. Día nublado y frío aunque el camino y las empinadas cuestas para subir a Eljas se encargaron de hacernos entrar en calor.


Mi amigo y habitual compañero de rutas Vicente Pozas, cuando describe en su estupendo blog Andando Extremadura esta misma ruta, inicia su relato describiendo de modo magistral (y es que no lo puede remediar: es periodista, y de los buenos) algo muy característico de esta zona: la “fala”. Aprovechándome de su amistad, “corto y pego” la primera parte del párrafo introductorio de su post: “El Valle de Jálama o Val de Xálima, en la lengua local A Fala, lo componen 5 pueblos: Cilleros, San Martín de Trevejo, Eljas, Valverde del Fresno y Villamiel, y una pedanía, Trevejo. Se trata de la parte más occidental de la comarca de la Sierra de Gata, un pequeño valle que llaman también Os tres lugaris, en referencia al habla de A Fala en tres de sus pueblos, con variantes locales porque en cada uno de ellos se conoce de una manera: o mañegu, en San Martín de Trevejo, o lagarteiru, en Eljas, o valverdeiru, en Valverde del Fresno. Un valle fértil protegido por el pico Jálama -1.492 m de altitud- y el río Erjas que lo atraviesa. Conserva, además de su dialecto -galaico portugués según la idea más extendida- buena parte de su arquitectura tradicional y su costumbres, como la de fabricar sus propio vino en pequeñas bodegas caseras, pichorras, a las que los serragatinos suelen invitar a los amigos.”
Salimos del centro de Valverde del Fresno, de junto al puente que salva el Rivera de Sabugal, donde nos había dejado el autobús y ya desde el primer momento pudimos divisar Eljas que si bien está a algo más de 4 kilómetros de distancia, se sitúa a 150 metros por encima de nosotros, en la estribación de la Sierra de Eljas y en su vertiente hacia Valverde.



Apenas llevamos recorridos seiscientos metros cuando encontramos el Arroyo de Malnombre. He intentado averiguar a cuento de qué el dichoso nombre sin encontrar referencia alguna. Sí he visto otro curso de agua de idéntica denominación en la provincia de Sevilla, así como en la República Dominicana y en Cuba, pero tampoco alusiones al origen del nombrecito.


Una mirada atrás nos muestra la parte más alta de Valverde, la que está construida por la zona de El Petril.


Un poco más adelante, en una finca a la derecha del camino, vemos un antiguo bohío, o bujío, con todas las trazas de conservar su hechura original a base de piedra, pizarras y techo aterrado. En su tiempo, la función de estas construcciones iba ligada a las actividades agrícolas y ganaderas, pudiendo ser utilizadas como refugios por pastores y campesinos, así como lugar idóneo para guardar aperos y utensilios de labranza. Actualmente han perdido, por lo general la función indicada y en muchos pueblos se están levantando construcciones que imitan los bujíos para ofrecerlos como alojamientos rurales.


Estamos recorriendo el antiguo Camino de Eljas y en algunos tramos quedan las trazas de cómo debió estar en sus mejores tiempos, con un empedrado bien puesto y que se mantiene en su lugar a pesar del paso del tiempo, así como unas callejas construidas también en piedra que separan el camino de las fincas colindantes.




Pasado el Arroyo Castaño, caminamos por la zona que llaman Canchal de las Muelas, un páramo desprovisto de árboles en el que el camino se ha tornado pista de tierra, ancha, absolutamente llana y muy cómoda para caminar incluso de cinco o seis en fondo.


Cuando ya estamos a los pies de Eljas, un puentecillo con antiguas piedras pasaderas en uno de sus lados nos ayuda a salvar el Arroyo de Romanitas de la Cañada e inmediatamente después cruzamos el río Eljas, que baja acompañado de un canal de agua por su margen derecho, el primero que encontramos.




La subida a Eljas desde el río se hace bien, pero requiere un esfuerzo. La primera parte mantiene, como hemos visto antes, su antiguo empedrado, perfectamente conservado.


A mitad de la subida vemos a nuestra derecha la Fuente del Álamo, con un pequeño merendero a su lado, ofreciendo al caminante la oportunidad de un descanso antes de rematar la subida.


Un poco más arriba una antigua fuente, con dos grandes pilones de piedra, nos hablan de lo frecuentado que tuvo que estar el lugar en otras épocas.


Justo antes de llegar a la Plaza de la Constitución, una antigua construcción, con sus escaleras y fachada de piedra, y la Iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XV, en la que se realizaron obras de restauración o ampliación en los siglos XVII y XVIII. En 1750 se añadieron las dos capillas laterales, obra del maestro cantero Gregorio Domínguez. Tiene dos portadas y la que nos encontramos al subir es la principal y más antigua, gótica del siglo XV.



El lugar central de la Plaza lo ocupa una fuente redonda, con dos caños, datada en 1993 y con una lagartija (quizá un cocodrilo u otro reptil) en la columna central.


Se aprovecha la amplitud de la Plaza para hacer un alto a fin de que todos los participantes se reagrupen


Cuando caminamos para salir del pueblo, tenemos la oportunidad de vislumbrar algunas de las cosas bonitas que podríamos contemplar en una visita más pausada a la localidad.



Al salir del pueblo en dirección a San Martín de Trevejo hay que andar atentos para no despistarse: al llegar a la carretera CCV-61, que va a San Martín hay que cruzar al otro lado y tomar un camino que sale en cuesta abajo y tuerce a la izquierda, encementado, que pasa entre una casa y la parada del autobús. Bajando por ahí, antes de la primera curva (a la derecha) que hace el camino, dos hermosos pilones a los que surte de agua un solo caño.


Estamos en el lugar conocido como Peñas de Enmedio y nos separan solamente cinco kilómetros de San Martín de Trevejo. Pisamos el denominado Camino de la Ribera que Nosotros seguimos durante un kilómetro hasta encontrarnos con el Camino de San Martín a Valverde, donde giramos a la izquierda. Este último camino es, en realidad, una carretera asfaltada que lleva hasta San Martín de Trevejo. Es por ello que SUGIERO a quien puede leer esta crónica y recorrer este track que opte por tomar el Camino del Molino,  que encontrarás quinientos metros después de los dos pilones de piedra a los que me refería más arriba. Sale a la izquierda y es camino de tierra, mucho más bonito y agradable para caminar y te permite ahorrarte un kilómetro de asfalto. El lugar no tiene pérdida, pues el camino arranca justo después de un caserón con paredes de piedra que queda a la izquierda.


Esta parte del recorrido es, probablemente, la menos agradable de toda la ruta debido al tramo de carretera que, en todo caso, habremos de recorrer. No obstante, siempre queda el consuelo de darle gusto a los ojos contemplando San Martín de Trevejo que tenemos siempre a la vista en lo alto y a nuestra derecha.


Tenemos que seguir todo derecho por la carretera, sin apartarnos a ningún lado hasta que nos encontremos con el Río de la Vega o del Soto. No hay posibilidad de pérdida, pues nos encontraremos con los restos del Molino Grande, antiguo molino harinero y, a su lado el Puente del Molino Grande, un pequeño puente de madera (totalmente reconstruido) sobre el que podremos cruzar por mero gusto, aunque no por necesidad.



Desde el camino podemos ver el Convento de San Miguel, fundado por los padres franciscanos en 1452 aunque de su antigua arquitectura sólo quedan la iglesia y la torre, ya que el resto de las dependencias existentes en torno a su amplio patio cuadrado fueron levantadas recientemente. El edificio pasó por innumerables avatares, pasando de unas manos a otras después de la Desamortización de Mendizábal. Se le fue dando diversos usos: hospital, colegio, seminario de verano… pero también se le fue dejando, progresivamente, en un absoluto abandono hasta que fue comprado en 1997 por el Ayuntamiento de San Martín de Trevejo que intervino en el edificio para una mínima conservación, dado su estado de ruina.
En el año 2006 el edificio —y las tierras adyacentes— fue cedido a la Junta de Extremadura que llevó a cabo importantes obras de reforma para convertirlo en lo que es hoy: una magnífica Hospedería de Turismo.


Allí mismo, donde el camino hace una curva a la derecha, encontramos a nuestra izquierda la Ermita de la Cruz Bendita. Su pórtico es tan grande como la propia ermita y en él hay, a ambos lados, sendos bancos de piedra corridos que invitan a descansar. En la explanada que le antecede una cruz y, junto a la puerta de acceso a la Ermita, una piedra de mármol escrita en mañegu que interpela al viajero: “Santiguati cuandu pasis deyantri d’a Ermita y reda. Que, si sufris en tua casa Cristu n’a Cruz por ti pena y ninhun sufris en baldi. Falali con fe y espera”. Se que no necesita traducción, pero por si alguien no lo entiende: “Santíguate cuando pases delante de esta ermita y reza. Que si sufres en tus cosas (casa) Cristu pena en la Cruz por ti y nada sufres gratuitamente. Háblale con fe y espera”.
Sobre la puerta, una cruz y la inscripción del año en que se construyó: 1851.





Tras la curva del camino, una fuente de agua potable.


Entramos en el pueblo con rapidez. Hemos quedado en ir a la Plaza Mayor para tomarnos un descanso, y allí vamos. Pero eso no me impide captar con la cámara unos retazos de la hermosura de este pueblo.






La salida de San Martín es una pura y seguida cuesta arriba de algo más de dos kilómetros con un desnivel en torno al 13%. Es la subida de la Sierra de Cachaza hasta el sitio de Doña Elvira, donde se cruza el camino que traemos con la CCV-22 y un camino que recorre la cuerda de dicha sierra. Durante la subida, un magnífico ejemplar de castaño, hendido en su mitad, invita a la foto de recuerdo.



En dicho lugar está el puerto que da paso de San Martín a Villamiel. Cuando llegamos al mismo, los que vamos delante (también yo, aunque esta vez era una excepción pues siempre me quedo atrás con las fotos) hacemos una parada para un reagrupamiento e iniciar el descenso a Villamiel más juntos, pues hemos decidido parar allí para comer.


Sancho, el perro de Alberto, utilizando un paso canadiense nos hace una demostración de lo que es estar en una perfecta forma física.


La bajada hacia Villamiel, por un sendero ancho y muy cómodo, discurre por medio de un robledal que ha perdido ya casi todas sus hojas. El suelo, alfombrado, contagia la alegría de su colorido a algunos de los senderistas.




Entramos en Villamiel por el lugar donde está la Plaza de Toros y una moderna urbanización de viviendas unifamiliares adosadas al final de la cual, en un cruce, se encuentra la Cruz de los Caídos, donde hacemos un breve alto para un nuevo reagrupamiento y adentrarnos juntos en la población, donde vamos a comer.


En la Plaza de España tenemos la oportunidad de contemplar la Iglesia de Santa María Magdalena, de admirarnos ante algunos de los relieves esculpidos sobre dinteles y de comer después en el parque que está al lado. de la Plaza.




Tras reponer fuerzas y habiéndonos quedado fríos durante el rato que hemos estado en el parque, nos lanzamos a la bajada hasta el curso del Arroyo de los Lagares y, desde ahí, la definitiva subida a Trevejo. Son 100 metros de desnivel en un kilómetro de bajada y otro tanto en la misma distancia en la subida a Trevejo. Vamos, que entramos en calor con rapidez.



Trevejo es una pedanía de Villamiel. Pero no es solamente eso, ni mucho menos. Trevejo es, sencillamente, un lugar impresionante. Ciertamente, tiene solo UNA calle con siete u ocho travesías y poco más de veinte casas. Pero meterte allí es sentirte trasladado a una aldea del siglo XVII o XVIII. Creo que no hay palabras para describirlo. Hay que ir y verlo. Por mi parte lo más que puedo hacer  es ahorrar palabras y mostrar algunas fotos con las que plasmar algo de la belleza allí existente.







Adoración González Estévez, popularmente conocida como “Chon”, fue vecina y alcaldesa pedánea de Trevejo durante años y se preocupó siempre por la conservación del pueblo y por la promoción del mismo. Un busto con una placa colocados junto a su casa sirven de homenaje actualmente a esta mujer.


Y me queda hacer referencia a lo, quizá, más importante, a nivel histórico, de Trevejo, su castillo con el campanario, la ermita y las tumbas antropomorfas que hay a sus pies.



Los musulmanes invadieron la Península Ibérica en el año 711 y cuarenta años más tarde ya habían ocupado también toda esta zona; habían tomado Coria en 750, convirtiéndola en la capital de esta zona dominada (Medina Cauria). Tanto los cristianos como los musulmanes construyeron una serie de edificaciones para controlar y defender los territorios que dominaban. En el cerro en que hoy se alzan las ruinas del castillo y debido a su situación privilegiada, los musulmanes debieron construir una de las muchas torres de vigilancia que tuvieron por la zona.
Las Órdenes Militares de Santiago y Alcántara sobre todo, pero también la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén  (Templarios o Caballeros del Temple) tenían ya en torno a los siglos X-XI de nuestra era, un poder militar, religioso y económico muy destacado, poder que mantuvieron durante siglos.
Según relata el historiador Gervasio Velo en su trabajo “El castillo de Trevejo” (Revista de Estudios Extremeños, 1957) un documento existente en los archivos del Monasterio de Guadalupe, permite conocer el momento y las razones por los que el rey Fernando II de León hizo entrega del castillo de Trevejo a D. Pedro Arias, prior en España de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén.
El contenido de este documento confirma dos cuestiones: de un lado que ya antes de la Reconquista existía un castillo en Trevejo que debió ser edificado por los musulmanes y, por otro lado, la fecha en que dicho castillo pasó a pertenecer a la Orden de San Juan de Jerusalén, cuya administración ha mantenido prácticamente hasta finales del siglo XVIII.
Fernando II, rey de León (1157-1188) entregó en 1184 a la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, por los servicios que le habían prestado en la lucha contra los musulmanes, el castillo de Trevejo, así como otros muchos bienes, tierras y rentas, encomendando a los templarios mantener y defender las tierras ganadas y la defensa de la frontera. Sin embargo, dos años después (en 1186), revocó la donación del castillo a la Orden de San Juan de Jerusalén, pasándosela a la Orden de Santiago. Sin embargo, no hay constancia de que esta última llegara a tomar posesión del mismo y, sin embargo, sí se tiene constancia de que fue la Orden de San Juan de Jerusalén la que continuó con la administración del mismo hasta el siglo XVIII, excepto en 1474 fue controlado por la Orden de Alcántara.
Sobre la antigua fortaleza fue levantado el castillo cuyos restos conocemos hoy en torno a 1510, año en el que está datada  la piedra fundacional que puede verse en el mismo:
ESTA OBRA MANDO FAZER EL NOBLE
CABALLERO FREY JUAN PINEIRO
COMENDADOR DESTA ENCOMIENDA DE
TREBEJO PEDRO MARTIN EFIZO EN EL
ANNO MILQUINIENTOS Y CCDICI ANOS


El último comendador de Trevejo (Esteban Riaño) fue nombrado en 1789, existiendo todavía en aquel año guarnición en el castillo.
Tras la invasión de los franceses de 1808, y según éstos se fueron retirando de tierras españolas, iban dinamitando todas las fortalezas que dejaban atrás, procurando que no pudieran servir nunca más como defensas. Tras su paso por Trevejo (junio-julio de 1812) dejaron el castillo en las condiciones ruinosas que actualmente lo conocemos y, según diversas fuentes, muchas de sus piedras han sido utilizadas en la construcción de las viviendas del pueblo.
Los investigadores Jaime Rio-Miranda Alcón y Mª Gª Iglesias Domínguez publicaron ya hace años un estupendo trabajo sobre El Castillo de Trevejo.
La estructura de cómo debió ser el castillo a principios del siglo XVI y que reflejo a continuación puede verse en uno de los paneles informativos existentes en el propio lugar:


En el exterior del recinto del castillo quedaban las viviendas del pueblo y la iglesia, construida sobre otras más antigua.
La iglesia (y parroquia) de San Juan, del siglo XVI, está a los pies del castillo y se pasa junto a ella antes de comenzar a subir. Es de nave única, siendo su cabecera cuadrada y tiene un altar exterior en su lado derecho, junto a las tumbas antropomorfas. Cuenta con tres puertas; la principal justo al lado contrario del pueblo; la segunda al lado del evangelio, que da al camino que pasa entre la iglesia y el valle y la tercera, que se encuentra cegada, al lado de la epístola, junto a las tumbas antropomorfas. Delante de dicha puerta hay un altar exterior, de piedra y encima de ella una piedra con inscripción en la que se deja constancia que fue construida en 1576.





Junto a la iglesia, pero separada de ella, se alza la torre-espadaña que, según todos los indicios, formó parte de las defensas del castillo y a la que se accedía desde el interior del primer recinto. Tiene un escudo de alguno de los comendadores de la fortaleza y debió levantarse en el siglo XVI sobre un torreón precedente.





Por el lado de la iglesia donde está el altar exterior al que me he referido antes, hay alrededor de una decena de tumbas antropomorfas, excavadas en la roca, de espléndida factura. Algunas de ellas son dobles. Se cree (aunque no he encontrado datos precisos al respecto) que pueden datar de los siglos X – XI, cuando las Órdenes Militares campeaban por estos valles y que pudieran dedicarse al enterramiento de algunos monjes pertenecientes a dichas Órdenes.





El segundo recinto eran las murallas de protección del castillo, al que se accedía a través de un camino empedrado que, subiendo desde la iglesia, bordeaba la torre y que aún conserva parte de su estructura original.
Según se sube podemos ver a nuestra izquierda y debajo de nosotros el actual cementerio de Trevejo, que queda dentro de lo que en su día fuera el primer recinto y cuenta con docena y media de enterramientos.


La puerta de acceso al segundo reciento fue reconstruida en 1706 y tiene 1,50 metros de ancho por 2,20 de alto. En su dintel una inscripción que aún puede leerse sin ninguna dificultad y que dice:
YLO esta hOBya fliPe q AnO I 706




Nada más pasar la puerta, a la derecha, estaba la dependencia para la guardia del castillo de la que no queda más que los restos de lo que era la techumbre, adosada a la pared y con una inclinación hacia la puerta anteriormente descrita. Por encima de la techumbre, un bonito escudo con una inscripción en relieve.


Allí mismo está el aljibe labrado en la roca que les servía para abastecerse de agua y aún pueden apreciarse las canalizaciones por las que se llevaba el agua de lluvia hasta el aljibe.
A la derecha aún podemos ver los restos del muro de piedra que separaba esta parte del recinto interior en el que un profundo y ancho foso (he leído que de más de 4 metros de ancho por 7 de profundidad) dificultaba el acceso a la torre. A ella se podía acceder a través de un puente levadizo que se subía o bajaba desde el interior. A ambos lados de la puerta de acceso a la torre pueden verse los encajes en el que quedaba encajado el puente cuanto estaba recogido contra la fachada.
El escudo que hay encima de la puerta es el de armas de la familia Piñeiro.



Se trata de una ruta que, en si misma, resulta absolutamente recomendable por la belleza de los paisajes de los que se disfruta pero que cuenta, de un modo muy especial, del enorme atractivo de las poblaciones por las que discurre y que cada una de ellas ya merece la pena desplazarse para echar el día disfrutándola, recorriéndola para tener la oportunidad de detenerse en la infinidad de detalles preciosos con los que cuentan.

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