jueves, 17 de noviembre de 2016

LANZAROTE: Montañas de las Nueces y del Rodeo y Caldera de la Rilla. Montaña de Santa Catalina.


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Realizada en solitario durante la mañana del jueves 28 de mayo de 2015, un día muy nuboso que me dificultó la obtención de las fotografías con la calidad que hubiera deseado.

De las casi 60 rutas senderistas que llevo hechas a lo largo y ancho de Lanzarote ésta probablemente es la que ha discurrido, de principio a fin, por un terrero más árido y escabroso. Y dado que me encanta “sumergirme” en la realidad que me rodea, probablemente haya sido la ruta mas impactante de cuantas he hecho.

Me sentí impresionado en todo el recorrido y, en algunos momentos, incluso apabullado al hacérseme presente de modo continuo lo que debieron ser estas tierras entre 1730 y 1736, (época a la que pertenecen los principales volcanes que hoy voy a visitar), de lo que debieron vivir los paisanos que habitaban en este mismo terreno por el que hoy camino.


La ruta no representa más dificultad que la distancia (12,5 kms) y lo irregular del terreno en algunos momentos por la incomodidad.

Sí advierto que puede haber un acusado peligro de caída en la la bajada de la Montaña del Rodeo, muy resbaladiza. Se trata de un recorrido de unos 300 metros en el que hay que salvar un desnivel de unos 70 metros (23 % de desnivel). Con un poco de cuidado y ayuda de un par de bastones de senderismo (que no me cansaré de recomendar) el peligro se reduce de modo considerable.

Yo opté por subir al Rodeo por detrás: 150 metros de subida que fueron el único esfuerzo en todo el recorrido.


El inicio de la ruta está en la LZ-56 que va desde la carretera de La Geria a Mancha Blanca. Hay un cómodo aparcamiento casi enfrente del existente para visitar Montaña Colorada, como a unos 200 metros de éste en dirección al Volcán del Cuervo, en el lado de la carretera por donde se va a desarrollar el recorrido. Cuando accedamos allí con el coche, el Volcán del Cuervo ha de quedar a nuestra izquierda y la Montaña de las Nueces casi enfrente, un poco a la derecha.




Podríamos ir con el coche casi un kilómetro por el sendero y dejarlo cerca de nuestro primer objetivo, pero merece la pena hacer el recorrido andando. ¡No tiene desperdicio! El entorno nos permite sumergirnos, desde el primer momento, en lo que debió ser esto en los años de las erupciones.


Y si su vecina, la Caldera de los Cuervos, fue el primer volcán en aparecer en el siglo XVIII (1 de septiembre de 1730), la Montaña de las Nueces fue el penúltimo de los surgidos entonces (marzo de 1736), pocos días antes de que lo hiciera el último y también vecino, Montaña Colorada, en el mes siguiente.

Frente a nosotros aparecen, casi desde el primer momento, la Caldera de la Rilla y, detrás, la Montaña del Señalo, con su impresionante caldera que nos estará llamando la atención con fuerza. Más atrás, a la izquierda, la Montaña de los Miraderos.

Quizá convenga puntualizar aquí que ha habido cierta confusión al denominar a la Caldera de la Rilla como “Caldera de Santa Catalina” en algún mapa cuando, en realidad, su nombre es el primero. A partir de 1986, a instancias del historiador local Agustín Pallarés, el fallo fue corregido y actualmente figura con su nombre correcto tanto en los mapas del Ministerio de Fomento como en los del Gobierno Canario.

La denominación de Montaña de Santa Catalina se le da a otro accidente que está al lado de la Caldera de la Rilla y de la que más adelante dejaré constancia, también fotográfica.


El paraje está completamente desierto. Desde que me aparté de la carretera no vuelvo a ver a nadie. La oscuridad del día, tan nublado, envuelve la atmósfera de un cierto misterio. Me acompaña el sonido de mis propias pisadas sobre el lapilli, muy poroso, que va cantando “crac, crac, crac…” De ahí, comentan varios autores, el nombre de este volcán, pues al acercarnos a él las pisadas producen un ruido como de nueces entrechocando.

OJO: a unos 800 metros del inicio de la ruta, después que el sendero ha trazado una curva a la derecha, el camino se bifurca. Un ramal sigue por la izquierda y otro, que sale por la derecha, asciende una pequeña pendiente que nos llevará a la Montaña de las Nueces. Evidentemente es éste último el que hay que tomar. Luego regresaremos, de nuevo, a este punto para continuar la marcha.



Todo a mi alrededor transmite una imagen de destrucción y muerte. La verdad es que camino impactado.

Hay algunos hitos que marcan el sendero. La verdad es que apenas si me percato de su presencia, dado que voy pendiente de donde pongo los pies, pues la zona no permite una marcha regular.


Según me acerco al cono volcánico voy percibiendo, cada vez con más fuerza, la violencia que debió haber aquí. Hay mucha escoria y abundancia de aristas en  las estructuras y bocas volcánicas. Subo por el lado derecho, por donde se aprecia un leve —aunque claro— senderillo, junto a una formación en la que parece se ve un pequeño hornito volcánico.



El vulcanólogo e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas CSIC Juan Carlos Carracedo ha afirmado que en 1730, cuando tuvieron lugar las erupciones de esta zona “… el magma se propagó desde el mar hacia tierra unos 14 kilómetros, y el sistema de alimentación se extendió como un dique…”.

Siguiendo a Juan Carlos Carracedo y Eduardo Rodríguez Badiola (1991) he elaborado este cuadro y gráfico donde se aprecia con claridad la alineación de los volcanes aparecidos en el siglo XVIII es las cinco fases por ellos establecidas:


Las erupciones se iniciaron el 1 de septiembre de 1730 y terminaron en abril de 1736. Las cinco “fases” a que hago referencia anteriormente se establecieron por los autores citados en función del momento y lugar de inicio de los distintos procesos eruptivos.

En la primera fase se produjeron las erupciones de Caldera de Los Cuervos (o de Las Lapas) la de la Rilla (y no de Santa Catalina como he indicado más arriba) y la de Pico Partido.

En la segunda tuvo lugar la erupción de las Montañas del Señalo y Montaña Encajada.

En la tercera la actividad se trasladó al extremo suroccidental de la fractura eruptiva, dando lugar a erupciones que se desarrollan en el mar, y que luego penetraron en tierra firme con la formación del volcán de El Quemado (o Montaña de Juan Perdomo) y siguió hacia el NE con las erupciones que levantaron los volcanes de Montaña del Guirre (o Caldera Rajada),  Montaña Rajada y las cuatro Calderas Quemadas.

En la cuarta la actividad se concentró en el centro de la fractura para dar lugar al gran núcleo eruptivo de las Montañas del Fuego-Timanfaya.

La quinta y última fase tuvo lugar en el extremo NE de la fractura, al lado de donde se iniciaron, produciéndose las erupciones de la Montaña de Las Nueces y Montaña Colorada.

Este volcán expulsó una enorme cantidad de lavas muy líquidas que formaron varias coladas, la mayor de las cuales llegó a alcanzar 20 kilómetros, vertiendo al mar al lado de Arrecife, en las proximidades de Puerto Naos. El cono formado, sin embargo, fue pequeño, pues tiene unos 300 metros en su base un alrededor de 50 de atura.



Desde el lugar en que estoy me queda a la vista, en dirección NE, Montaña  Ortiz y, a sus pies y a su derecha, el lomo de Montaña Cardona. Al fondo, más a la derecha aún, Montaña Tisalaya y Montaña Tamia, que estaban entre mis objetivos, pero ya las tengo pateadas a la hora de redactar esta crónica.


Aunque yo no los pude visitar, se que por en la cara NE, la que da a Montaña Ortiz, hay dos grades agujeros verticales a través de los que se ve el comienzo de un tubo volcánico que, al parecer, tiene una gran longitud. Según he leído enlaza con la Cueva de los Naturalistas, a más de dos kilómetros de distancia y según manifestaciones de viejos del lugar, continua en línea recta hasta Mozaga, con lo que alcanzaría casi los 8 kilómetros de longitud.

Para continuar la ruta hay que volver sobre los pasos durante unos cuatrocientos metros, encarando de nuevo al Volcán de los Cuervos para girar luego a la derecha en un camino bien definido.


Según me alejo de la Montaña de las Nueces no puedo evitar volver la vista atrás. La verdad es que su formación, su estructura, su entorno me han impactado. Me voy con la idea de regresar alguna otra vez para rodearlo en su integridad, tanto por la base como por la corona del cráter.


El sendero discurre entre un mar de lavas que, al solidificarse, formaron una gruesa losa que se ha desquebrajado por muchos lugares quedando a la vista el hueco que hay debajo. En otros sitios se aprecia perfectamente cómo la viscosidad de la lava fue formando pequeñas olas que quedaron petrificadas y que hoy podemos contemplar para hacernos una idea de lo que aquí hubo.



Llego con razonable comodidad a la base de la Montaña del Rodeo (y no “de los Rodeos”, como se la denomina con frecuencia). Desde lejos se ve la prolongada línea recta que baja desde su cima y que, desde hace tiempo, me llamó la atención. Dentro de un rato la tendré bajo mis pies.


Al llegar a la base de la Montaña del Rodeo giro a la derecha para seguir el sendero que la circunvala. He de advertir aquí que quien no quiera subirla por detrás, lo que requiere un cierto esfuerzo, puede optar ahora por una de dos alternativas: la primera es coger un camino amplio que gira a la izquierda en subida. Lleva hasta una zona llana desde la que se puede subir a la cima por el camino tan marcado al que me acabo de referir.


La segunda alternativa es continuar por el sendero hacia la derecha. Yo lo hice y, en seguida, me llegó un fuerte olor a algo muy familiar que, de momento, no supe identificar. Tras una fuerte curva a la izquierda que hace el sendero me topé con unas higueras verdes, frondosas, con abundante fruto.



Tengo ahora una perspectiva distinta de la Montaña de las Nueces y Montaña Colorada, los dos últimos que entraron en erupción en 1736.


En este punto también puede treparse por la ladera, repleta de rofe, para subir al camino que nos permitiría acceder a la cima.

Cuando llego a la parte de atrás de la Montaña del Rodeo veo que hay un razonablemente cómodo aparcamiento para las personas que han optado por venir hasta este punto en coche desde la LZ-56. Ello puede hacerse desde el desvío que hay poco antes de llegar a Tinguatón, justo entre Montaña Coruja y La Montaña de la Tabaiba. El camino es de tierra, pero con un firme sólido y ancho. Y no acaba aquí sino que, como pude comprobar más tarde, sigue bordeando la Montaña para ir a terminar el pie de la cuesta que baja desde la cima de la propia Montaña. Ello sería una buena alternativa para quien no quiera caminar y, sin embargo, quiera venir hasta aquí y acceder con facilidad a la Caldera de la Rilla y tener a la vista, al fondo del camino, la imponente Montaña del Señalo.




Un poco más allá del lugar donde llega la carreterilla de tierra comienzo a subir la ladera. Está toda ella, en su primera parte, formada de rofe, ese picón volcánico rojizo, en el que se hunden los pies. Cuesta trabajo subir. Poco a poco la capa de rofe se va tornando mucho más fina… y es peor, por lo que hay debajo es un terreno rojizo sobre el que resbala el picón al avanzar. Cada vez cuesta más trabajo subir de manera que los últimos 50 o 60 metros el subir se hace muy laborioso.




Cuando paro a tomar un poco de aliento se me presenta ante la vista el conjunto de los volcanes que están un poquito más allá: Pico Partido, La Montaña del Señalo… ¡Hermosísimo! Hago una foto que comparto aquí en doble presentación, la segunda indicando el nombre de cada accidente.



Cuando, por fin y después de penar por los resbalones, llego arriba, las vistas me hacen concluir que el esfuerzo ha merecido la pena.

Hacia el noroeste diviso Caldera Blanca y sus compañeros y en dirección nornordeste se presentan con su característica alineación las montañas de la Tabaiba, Coruja y de los Rostros y más alejadas Montaña Tinache a la derecha de Tajaste y Montaña Tenésara a la izquierda.



Cuando empiezo a bajar la Montaña del Rodeo por el sendero de ese color tan rojizo y marcado que hace que pueda ser visto desde mucha distancia, enseguida me doy cuenta que debo aminorar la marcha. El terreno resbala mucho. El firme es muy duro y está cubierto por una fina capa de pequeño rofe rojo que rueda en cuanto se le pisa. Extremo la prudencia y bajo sin precipitarme. Y con eso y todo, padezco algún resbaloncillo.




A mi izquierda y derecha, respectivamente, quedan la Montaña de las Nueces y la espectacular caldera de la Montaña del Señalo. Imponen ambas por su belleza. Y a mi, especialmente, me seduce la sobriedad de la primera que logra despertar en mi interior un fuerte recuerdo al duro sufrimiento de mucha gente.



Cuando llego abajo respiro tranquilo por haber terminado la bajada. Parece mentira que esa cuesta pueda resbalar tanto.



Una vez abajo hay que continuar de frente hasta llegar a un cruce de caminos en aspa. El de la izquierda (que NO debemos seguir) lleva al punto en el que, a nuestra venida, llegamos al pie de la Montaña del Rodeo. El de la derecha baja para ir bordeando la Montaña hasta la parte de atrás de la misma, donde está el aparcamiento al que aludía más arriba.



Nuestra opción debe ser seguir de frente hasta encontrar, unos metros más allá, una especie de rotonda delimitada por piedras a la que resulta evidente (por las huellas) que llegan coches, seguramente todoterrenos.


Pasamos la rotonda y seguimos recto en dirección a la Caldera de la Rilla, Cuando lleguemos a su base hemos de rodearla por el lado izquierdo hasta llegar casi a la parte de atrás, lugar por la que podremos acceder con mayor facilidad al cráter.

Por el camino hollaremos con nuestros pies la abundante arena negra que fue expulsada por este volcán y nos encontraremos con alguna bomba volcánica expulsada de sus entrañas. El acceso a la caldera la haremos, como he dicho, por detrás a través de un estrecho senderillo que sube desde la base.


La Caldera de la Rilla fue el segundo de los volcanes surgidos en las erupciones del siglo XVIII. Comenzó su actividad en la primera quincena de octubre de 1730, discrepando los autores sobre la fecha exacta pues hay base documental para sostener tanto que comenzó el 10 de octubre como que lo hizo el 18. A mi, particularmente, tanto me da una fecha como otra.

Al asomarse al interior uno se siente impresionado, si no sobrecogido. El interior transmite toda la fuerza que debió tener hace ya casi 300 años.

Lo primero que llama la atención es la presencia, en el fondo del volcán, de una gran masa de lava solidificada, lisa y cuarteada tanto longitudinal como trasversalmente. He leído alguna descripción que lo compara con un calamar gigante que estuviera tumbado en el fondo. A mi me pareció, simplemente, precioso. No me cuesta trabajo alguno imaginarlo incandescente.


Las paredes interiores abruptas, con agudos salientes y cayendo desde ellos hacia el fondo, gran cantidad de lapilli rojizo.




Desde donde me encuentro se divisa todo el sendero que circunvala la Montaña del Rodeo, pudiendo verse perfectamente el lugar por el que los todoterrenos a los que me refería antes pueden subir hasta la rotonda redonda citada.


También desde aquí puedo distinguir hacia el nornoroeste, al lado izquierdo de donde empieza la Montaña del Rodeo, un accidente menor, Montaña Chica, denominación repetida en la toponimia lanzaroteña. Es una formación semicircular, seguramente restos de lo que en su día fue un pequeño cráter.


Delante de mi queda también La Montaña de Santa Catalina, accidente geográfico que hasta hace 30 años no tenía nombre asignado en los mapas oficiales. Está totalmente cubierta de arena volcánica de color negro. En esta ocasión no me queda tiempo para hollarla, lo que espero hacer en otra visita más adelante.


Procedo a circunvalar el cráter en su totalidad e inicio el descenso por el mismo sitio por el que llegué al borde del mismo, bajando ahora hacia la derecha. Veo que un grupo de personas vienen caminando desde las inmediaciones de la Montaña del Señalo. Para mi asombro, pasan de largo, siguiendo el sendero que discurre entre la Caldera de la Rilla y la Montaña de Santa Catalina. ¡No les interesa dar un vistazo al interior de esta Caldera fabulosa!


Al llegar abajo hay que seguir por el sendero, bien marcado, unos ochocientos metros, dejando a nuestra derecha la loma arenosa de la Rilla y a la izquierda todo el mar de lavas. En un punto concreto veremos otro sendero que sale a la izquierda y que va directo a la Montaña de Santa Catalina. Como he dicho, en esta ocasión pasé de largo.




El sendero entra en una pequeña hondonada. Justo en ese punto subí por una pequeña vertiente, a la derecha, para volver a recuperar la altura por la que pasé cuando bajé de la Montaña del Rodeo.

Ahí se puede optar por girar a la izquierda para, dando un rodeo, buscar el camino por el que vinimos o, como hice yo, tratar de ir directamente y lo más recto posible al aparcamiento donde dejamos el coche. Esto supone bajar una pequeña pendiente de arena hasta encontrarnos con una pared formada por el mar de lavas. Yo caminé un poco a la izquierda hasta que encontré un paso relativamente cómodo por el que salvé el metro y medio, aproximadamente, de altura de dicha plataforma.



Advierto que, desde este punto, no existe sendero alguno en 600 o 700 metros. Se camina sobre grandes losas de lava solidificada y cuarteada, hueca por debajo, donde resuenan con frecuencia las pisadas. No se trata de escoria, por lo que se camina con una razonable facilidad, si bien conviene ir atento.

Como no existe sendero que sirva de orientación yo tomé como referencia un punto medio entre Montaña Negra y Montaña Colorada (pasando siempre por la derecha de la Montaña de las Nueces), en cuya proximidad había dejado el coche. Ello me permitió orientarme sin mayor dificultad hasta que volví a encontrar el sendero por el que había venido y, por él, de regreso al coche.




Una ruta verdaderamente gratificante. Para repetir.

2 comentarios:

  1. Como siempre un placer leer tus crónicas y disfrutar de las imágenes, pero especialmente esta me ha resultado de lo más didáctica. No solo motiva el poder hacerla algún día, es que dan ganas de seguir leyendo como si de buena literatura se tratara. Muy bien documentada, gracias por compartirlo con todos! ;)

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    1. Muchas gracias, Julia. Tus comentarios siempre son especialmente gratificantes.

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