jueves, 21 de marzo de 2013

Ribera del Tamuja y Castro Vettón de Villasviejas del Tamuja


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Torremocha es una localidad que se encuentra a 24 kilómetros de Cáceres yendo por la carretera EX-206, o carretera de Miajadas. Y Botija un pequeño pueblo a poco más de 12 kilómetros de Torremocha. En total son unos 35 minutos los que se tardan en llegar de Cáceres a Botija.


En la mañana del 20 de marzo de 2013, fresca a primera hora pero con un estupendo sol, me trasladé con la intención de hacer la ruta que, bordeando el río Tamuja, me llevaría al Castro Vetton sito en lo que se denomina ahora “Villasviejas” y en otro tiempo más antiguo “Villas Viejas”.
Las primeras noticias parece que son del siglo XIII. Pascual Madoz, a mediados del XIX, las cita en su  monumental Diccionario, pero el afán recuperatorio de este yacimiento arqueológico tuvo lugar en los añoso 60 del pasado siglo XX.
Aparqué el coche en los alrededores de la Plaza Mayor de Botija, donde se ubica la Oficina de Turismo y el Ayuntamiento. Estando cerrada aquélla, me dirigí a las oficinas de éste, donde dos señoritas se deshicieron en atenciones, ofreciéndome todo tipo de explicaciones y facilitándome folletos relativos a las zonas turísticas del municipio. ¡¡Chapeau por ellas!! No solo me atendieron bien. Además lo hicieron con un agrado que se les notaba.




Se sale del pueblo a la carretera y tomando en dirección a Cáceres, a 100 metros escasos hay una cancela en el lado izquierdo por el que se accede a una carretera asfaltada que lleva prácticamente al Castro Vetton. Yo recorrí esa carretera durante 700 metros para desviarme por un camino que sale a la izquierda. No tiene pérdida, pues en lo alto del camino, a escasos 100 metros del desvío, hay unas naves de explotación ganaderas delante de las que hay que pasar para bajar hacia el Tamuja. Desde allí mismo vemos, a lo lejos y en lo alto, Montánchez.




Antes de llegar al río ya vemos entre 8 y 10 zahúrdas, que son como pequeños establos construidos con pizarras para guardar cerdos. Me llamó la atención el razonable estado de conservación de las mismas.




Allí mismo está también la Ermita del Santísimo Cristo Resucitado, de moderna construcción, lugar donde los vecinos del pueblo se reúnen una vez al año para celebrar la tradicional romería. Al lado de la Ermita una plataforma de cemento sugiere el lugar donde se ubique la oportuna orquesta o desde el que la persona que corresponda se dirija a la concurrencia.



El río, frente a la Ermita, trae un caudal considerable lo que hace que la anchura del mismo sea mucho más grande que lo habitual e inicia la curva de un gran meandro de unos 300º.




Un poco más abajo una represa hace que se genere una bonita cascada, con un ruido intenso, tal es la cantidad de agua que cae.




En la parte final del meandro nos encontramos el Puente Viejo y un Molino. Aquel es del siglo XVI o XVII. Está construido a dos vertientes y tiene 3 ojos siendo el central el más ancho. Cuenta a cada lado con huecos cuadrados y rectangulares para que, cuando hay crecida, el agua discurra con fluidez.




El Molino es del siglo XVIII y se encuentra bastante abandonado en cuanto a su conservación. Me sorprendió, sin embargo, comprobar que en la parte opuesta al río mantiene en bastante buen estado vanos de conducción, imagino que de agua.



Pasado el puente, en un pequeño repecho encontramos más zahúrdas.


Al final del repecho citado, unas naves de explotación ganadera. Y a su derecha, una cancela nos permite pasar la alambrada. Hemos de seguir por el camino que discurre por detrás de las naves. Estamos ya en la dehesa boyal en la encontraremos gran cantidad de encinas y rebaños de ovejas.
El camino discurre claro y a amplio por un entorno muy grato, no solo por la belleza propia de la dehesa, sino porque las abundantes lluvias de los últimos meses hace que todo aparezca de un verde intenso a mis ojos.





Una alambrada y un cartel poco acordes con el entorno, nos indican el emplazamiento de antiguas minas. La alambrada protege de posibles caídas a un hoyo de cerca de dos metros de profundidad.



Y de improviso, sin darnos cuenta siquiera, me encuentro frente a, probablemente, lo más llamativo de la jornada: el Molino de la Muralla. Es una muralla construida en granito en el siglo XVIII que se ubica en uno de los meandros del Tamuja. Su aspecto es de robustez. El agua cae, abundante y rápida, por el otro extremo de la muralla, sobre la que puedo caminar sin problema (algo más de un metro de ancho en la parte superior) justo hasta donde está el paso del agua.




De no llevar el Tamuja tanta agua probablemente se pudiera pasar por aquí hasta el otro lado de la muralla para, desde aquí, ir al Castro Vetton.
Justo al lado está un edificio, rehabilitado, que fue el lugar donde, en sus tiempos, se ubicó el molino para moler trigo. Su construcción es de pizarra. Está cerrado y, según he leído, en su interior existe un centro de interpretación de lo que, en su día, debieron ser este tipo de molinos.



Desde la muralla se pueden ver dos huecos por los que debía pasar el agua, en su día, para mover el molino. Hoy el acceso del agua a estos pasos está tapiado.


Como el Tamuja viene de agua hasta los topes, la caída de la misma por el lateral de la muralla es impresionante y confieso que paso largos minutos deleitándome con el espectáculo.

 
Por debajo del molino, donde se inicia la curva del meandro, el agua corre rápida.
En el otro lado de la muralla del molino, el agua presenta un aspecto que representa el contrapunto a lo que acabo de ver. Si allí todo era fuerza, rapidez, espuma y ruido, a este otro lado todo es calma y remanso, la superficie es completamente lisa y, si no fuera por el ruido de la cascada vecina, solo unas leves ondas nos sugieren el agua en movimiento.




Me cuesta arrancar del lugar, pero he de continuar la marcha.



Unos 500 metros aguas arriba existe una pasadera cuyo emplazamiento localizo con exactitud gracias al GPS, pero las piedras están completamente sumergidas. El nivel del río es tal que ni siquiera se ven. El Castro está, aproximadamente, a un kilómetro del lugar donde me encuentro, pero me veo obligado a subir por el río hasta el Puente Viejo para cruzarlo y, desde allí, dirigirme directamente al Castro. Lo suyo hubiera sido haber seguido el curso del Tamuja y haber llegado con él hasta el Castro.



Como me gusta verle a todo el lado bueno, agradezco el inconveniente, que me da la oportunidad de deleitarme con un paisaje que pocas veces debe ofrecer el aspecto que ahora: el río tiene doce o catorce metros de anchura; el paraje de “El Rincón”, en el que me encuentro, forma parte natural de la dehesa; el campo presenta un verdor nada habitual en estas tierras y la presencia de abundantes flores anuncia la primavera que, precisamente hoy, comienza y que va a ser digna de disfrutarse en cuanto tengamos siete u ocho días de sol.



Siguiendo un sendero alcanzo sin ninguna dificultad la explanada situada al final de la carretera asfaltada que, desde el pueblo, llega hasta aquí, pues puede venirse directamente en coche.


Un camino de tierra de poco más de 250 metros me lleva a la cancela y paso canadiense por el que se accede al recinto donde se ubica el Castro Vetton, cuyo itinerario está sugerido por medio de algunas flechas amarillas.




El Castro pertenece a la Segunda Edad del Hierro (siglos IV a I A.C.) y se ubica en lo alto de una colina de escasa altura (400 metros) y está formado por dos recintos doblemente fortificados fácilmente identificables en buena parte de su extensión. Las piedras que conforman la base de la fortificación uno de los recintos, sin poder ser calificadas de ciclópeas, son de buenas dimensiones, de forma prismática, bien talladas y ajustadas. La parte más occidental de ambos recintos cuenta con la fortificación natural que ofrece el Tamuja, que discurre en lo hondo de un barranco (no demasiado profundo).



En algunas zonas la fortificación se ve complementada por fosos que se aprecian sin dificultad.
El yacimiento ha sido excavado en una mínima parte, pudiendo observarse vestigios de alguna vivienda, así como dos necrópolis.




El material arqueológico hallado se encuentra depositado, en su mayor parte, en el Museo Provincial de Cáceres. También se han encontrado algunos verracos. Uno de ellos está en el Museo citado y el otro en la escalinata del I.E.S. El Brocense de Cáceres. De este verraco inserto una foto que tomo prestada de internet de este sitio:



Desperdigados por el lugar se encuentran piedras talladas originarias del pueblo que se asentó aquí.


Concluida la visita al Castro, regresé a Botija utilizando los 2,5 kms. de carretera a través de los que se llega al pueblo.
De regreso a Cáceres, y ya en las inmediaciones de la ciudad, me llevé la sorpresa de poder contemplar 5 buitres que devoraban los restos de algún animal. Cuando paré el coche para fotografiarlos, tres de ellos emprendieron el vuelo, aunque volvieron a posarse en las inmediaciones, pero sin acercarse a la carroña. Los otros dos ni se inmutaron.








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